la fiesta de los becarios
Hoy tocaba fiesta. La organizaba Emma, una de las chicas que trabajan conmigo en la radio, en la casa que comparte con otro becario de la redacción. Llegué a las once y media. Una chica que conocía de vista y que la semana pasada me estuvo haciendo unas preguntillas acerca del orgasmo femenino (ya ves tú qué vista) y un par de locutores listillos y feos eran todos los asistentes que habían llegado antes que yo. Y, claro está, Emma, Emma que es estupenda y encantadora pero pija como sólo puede serlo una vasca, Emma con su melenita con flequillo y su vestido, uno de sus mil vestidos cortos e hiper mega monos. Hoy iba de negro, más misteriosa que con los colorines de costumbre. Y, además, ya estaba un poco borracha. Yo he cogido un vasito de sangría y me he puesto a charlar con ellas. Poco después ha llegado Laura, productora de uno de los programas estrella de la emisora, con un colgante enorme que, según nos ha contado, la semana pasada le había hecho una brecha cuando corría para coger un autobús. Bisutería letal. Ha empezado a llegar gente. Presentándome a personas que ya conocía de los pasillos de la radio, ha empezado a pasar el tiempo y a correr la sangría. En una de esas ha llegado Iker, vecino de Emma, el amigo marica vasco que toda pija vasca desea. Guapo, hiperbronceado, moderadamente torneado y con una pose estudiadísima. Debe de ser de lo poco que estudia, porque hace tercero de periodismo en esa-universidad-privada-en-la-que-te-dan-clase-de-doctrina-social-¿?-de-la-iglesia. Camiseta levis blanca y vaqueros homónimos. Hemos empezado a hablar del periodismo y de la vida y de la moda, porque él quiere dedicarse a la moda, "lo que hace falta es postureo y hablar con todo el mundo y estar estupendo en todas las fiestas". Y super fan de Madonna, de esos que hacen peregrinación hasta su casa y se saben el año y la duración de cada uno de sus remixes. Es decir, más marica imposible.
La noche ha proseguido entre vasitos de sangría. Iker y yo nos hemos cansado mutuamente y he aprovechado que llegaba el majísimo, guapísimo y heterísimo Luis, compañero becario, para cambiar de conversación. En mi favor he de decir que Luis y yo éramos los únicos becarios veraniegos de la fiesta. El resto, toda una horda de niñas monísimas con masters y ganas de presentar telediarios, no han aparecido por allí. Se va a Alemania (es lo que tiene ser de Cuenca, si tienes pasta para estudiar en Madrid la tienes para estudiar en Bonn) de erasmus el año que viene. Tras un rato de charla he observado que era hora de ir haciendo mutis por el foro, no tanto por aquello del efecto que decía Brummell ("quédate en una fiesta el tiempo estrictamente necesario para causar efecto, y luego vete") como por el cansancio que llevo acumulado de toda la semana y por un estómago que me está matando. Así que allí he dejado a Emma, Iker (que se ha despedido con dos besos más afectuosos de lo que me esperaba) y Luis borrachitos y guapos, y me he ido a coger un taxi en cea bermúdez. Es curioso, acabo de terminar la universidad y ya estoy otra vez en pisos de estudiantes. Mañana toca día artístico con mi chico: museos por la mañana y Adriana Calcanhotto por la tarde. Si sois buenos os lo cuento.
Diálogo con la horca
Escribí este reportaje hace unos meses a raíz de mi contacto con la Organización Persa de Gays y Lesbianas. Hoy es el día mundial contra la pena de muerte. Que esto sirva de homenaje.
Desde su instauración en 1979, la Revolución Islámica ha convertido a Irán en un país donde los derechos humanos de determinados colectivos son pisoteados sin contemplaciones día tras día. Las mujeres, los judíos o los cristianos son algunas de estas víctimas pero, en los últimos años, un nuevo grupo ha sumado su voz a las de los grupos que denuncian el abuso sistemático al que el régimen jomeinista somete a las minorías discordantes en su modelo de república islámica sometida a la ley religiosa. Son los homosexuales y transexuales iraníes, representados, entre otras, por una organización, la Organización Persa de Gays y Lesbianas (PGLO, Persian Gay and Lesbian Organization) que, desde su fundación en 2004, vienen denunciando a través de su página web las vulneraciones a las que se me sometido este colectivo en Irán. Algo impensable hace años es hoy en día posible gracias a las nuevas tecnologías. Internet les sirve de punto de encuentro, ya que sus principales responsables viven en el exilio en distintos países alrededor del mundo, y también como herramienta de anonimato y, sobre todo, de ayuda. No son pocos los homosexuales y transexuales que, en ocasiones, han pedido su ayuda para, principalmente, abandonar el país hacia un entorno menos opresivo.
La ley vigente en Irán es la islámica, estrictamente fiel al Corán en lo referente a moralidad y sexualidad. Determinados delitos del Código Penal, entre los que se encuentran el adulterio, la sodomía y la acusación maliciosa son considerados crímenes contra Dios (Hodoud) y, por tanto, ligados al mandato divino, por lo que conllevan pena de muerte. Hacía años que esta pena no se ejecutaba masivamente por este motivo, debido, entre otras razones, al complejo proceso judicial: la ley establece una serie de requisitos realmente difíciles de probar (como que el acto pueda ser atestiguado por al menos cuatro personas) para condenar a alguien por sodomía u otros actos homosexuales. Pero en los últimos años esto ha cambiado y, el año pasado, fueron ejecutados dos hombres, uno de ellos de apenas 16 años, por haber sido sorprendidos practicando estas prácticas “aberrantes”. Por ello, los responsables de PGLO están tratando de llamar la atención de la opinión pública internacional. De momento, han conseguido que Amnistía Internacional denuncie cada vez que tiene ocasión numerosos casos bien documentados de ejecuciones y condenas por conducta homosexual: las penas incluyen la lapidación, latigazos, la horca o la cárcel.
Irán no es el único país donde se vulneran sistemáticamente los derechos humanos de la comunidad GLTB (gay, lesbianas, transexuales y bisexuales). Muchos países, entre ellos Polonia o Turquía, están viendo en los últimos años un preocupante incremento de la homofobia. Es por ello que, el pasado mes de enero, la ILGA (Asociación Internacional de Gays y Lesbianas) solicitó a la Organización de las Naciones Unidas el estatus consultivo como representante de las minorías sexuales en todo el mundo. Esto significaría el tener una voz autorizada que podría ser escuchada en la ONU y ser tenida en cuenta a la hora de proteger unos derechos humanos en muchos casos ignorados. Parecía que no iba a haber problema para su aprobación, pero la sorpresa llegó cuando, junto a Irán, Sudán o Zimbabwe, uno de los países que se opuso y vetó esta decisión fue Estados Unidos. Causas estratégicas o ideológicas provocaron esta decisión que desencadenó una ola de indignación dentro de los colectivos de defensa de los Derechos Humanos. La PGLO entonces envió una carta a Condolezza Rice, expresando su disgusto, y la preocupación de muchas personas tanto dentro como fuera de Irán: “¿Pensó el representante de EE.UU. en las consecuencias que tal postura tendrá en millones de jóvenes que, junto a los GLBT, están luchando por la libertad en Irán? ¿Cómo pretende que crean que Estados Unidos quiere realmente extender la democracia y los derechos humanos en Oriente Medio, y apoyar el cambio en Irán?”, dice la carta.
Aunque no siempre tienen éxito en sus gestiones, en algunas ocasiones PGLO ha logrado objetivos realmente significativos. Recientemente, la Ministra de Inmigración de Holanda, Rita Verdonk, suspendió temporalmente las deportaciones previstas de homosexuales y cristianos iraníes a los que se les había negado el asilo político. Día a día, por otro lado, algunas personas logran salir de Irán hacia el exilio. Uno de esos casos es el de Mehdi.
Mehdi tiene apenas 26 años, y acaba de llegar al que de momento va a ser su lugar de exilio, Londres. La suya es una historia de infortunios. Siendo adolescente, comenzó una relación con un vecino algo menor que él que, arrepentido, quiso denunciarle. El padre de Mehdi lo impidió, llegando a un acuerdo con la familia del otro chico. Ha tenido que salir de su país al haber sido sorprendido manteniendo relaciones sexuales con otro soldado mientras hacía el servicio militar obligatorio. En un primer momento, fingió un desmayo para ser trasladado al hospital, fuera del cuartel. Allí, de noche, consiguió escapar y, a través de su padre y su cuñado, emprendió el viaje al exilio, cruzando en burro la frontera con Turquía, y volando luego a Londres, donde ha sido acogido por otros exiliados y espera conseguir el estatus de refugiado. A la espera, sabe que su situación es de todo menos cómoda. Si volviera a Irán sería arrestado de inmediato, y las autoridades ya han comunicado a su familia la condena que le espera en ese caso.
La de Mehdi no es la única historia. La de Amir es igualmente toda una odisea. En su caso, fue condenado a ser azotado con un látigo. Por suerte, las fotografías de su espalda herida han llegado, a través de PGLO, a la prensa de todo el mundo, y su situación es más segura ahora, aunque sigue en peligro. Otros, desde la sombra, intentan una salida distinta. Saman, un joven iraní de 22 años, mantiene desde hace años una relación estable con un chico español, y está tratando de saber las posibilidades que tiene de emigrar a España con éxito y, quizás, casarse con su pareja, gracias a la nueva ley aprobada por el gobierno. Mekabiz es una transexual con serios problemas con el alcohol y las drogas que ya ha sido arrestada en algunas ocasiones por vivir en la indigencia. El próximo arresto podría ser el definitivo y, después de tantos antecedentes, llevarla al patíbulo. También ella ha contado su terrible historia a los miembros de PGLO.
Detrás de estas historias hay una realidad que reclama urgentemente la atención de la comunidad internacional. “No nos dejéis solos, y sed nuestro apoyo”, reza la bienvenida a la página web de esta organización. Es la misma demanda de tantas personas que, cada día, viven en el miedo y en la represión. Es el grito de auxilio de los monjes tibetanos desde la China comunista, el de los presos de los gulags, las mujeres afganas o los disidentes cubanos. Y, como en todos estos casos, la de los homosexuales y transexuales iraníes es una causa ignorada porque supone un conflicto añadido. No parece que Estados Unidos quiera complicar su ya difícil relación con el gobierno de Teherán. Las historias de esta represión, a las que se podrían añadir tantas otras (la de la minoría cristiana, la de las mujeres que reclaman un papel más activo y libre o la de los liberales que desean una ley no basada en ningún código religioso), reclaman la atención de la sociedad civil, las administraciones y los organismos internacionales porque, al margen de las creencias éticas o morales, la represión de los homosexuales en Irán es una persecución ideológica y política, y esto es algo que debería desaparecer en una sociedad asentada en bases democráticas.
Las cartas de Lucía
Ayer hubo conmoción entre la modernidad patria: Lucía Etxebarría presentaba Carta Blanca. Antes de comentarlo (si ella habla de todo lo humano y lo divino, ¿por qué yo no?), quiero aclarar un par de cosas. En primer lugar, mientras que Lucía me parece bastante irregular como escritora (o, por decirlo de otro modo, tiene algunos libros muy muy malos), como personaje me fascina profundamente. Cada vez que la veo en los medios, que concede una entrevista o publica un artículo en el ADN, dejo lo que esté haciendo y me lanzo sobre la imagen de esta mujer que ha convertido el culto al ego en una de las bellas artes. Lucía podría haber sido un personaje de Pepi, Luci, Bom, una escritora new age (por fin parece que ha encontrado su camino dirigiendo una colección de autoayuda, género que está en la génesis de su literatura: una vez confesó que empezó a escribir por prescripción facultativa) o una mente preclara que llenara páginas y páginas con investigaciones sobre Sylvia Plath. Sin embargo, ha elegido ser novelista, y es ahí donde discrepo con ella. El problema por el que la Etxebarría no me gusta es porque escribe lo primero que se le pasa por la cabeza, sin pensar en su coherencia, su interés para el público o su pertinencia en la historia que narra. Mientras que es una fórmula que alcanzó muy buenos resultados en Beatriz y los cuerpos celestes, un libro que me encanta, llegó a ser irritante, indignante y, en mi opinión, totalmente fallida en De todo lo visible y lo invisible, una de las decepciones literarias más grandes que me he llevado en mi vida. Siempre he pensado que, en el momento en el que pierdes el respeto al público y te centras en tu ego, deberías dejar de escribir para evitar un libro-pataleta como esta mala novela que ganó un premio de dudoso prestigio literario. Sin embargo, en ese momento comenzó a crecer mi interés por la Etxebarría personaje, que magnifica su autoconcepción platónica en cada libro llegando a extremos casi esperpénticos. Ella, no puede negarlo, es la protagonista de todas sus novelas y, progresivamente, cada vez es más guapa, más estupenda, más brillante, más rebelde y más incomprendida sobre el papel. Toda una pose. Sin embargo, como he dicho, una persona fascinante.
Por recomendación de una amiga muy fan de la Luci, ayer me tragué el programa de la 2 del que, sin embargo, soy un gran fan. Creo que es una de las apuestas más inteligentes y de más calidad de la última televisión, y me pareció una propuesta estupenda hacer a la Etxebarría protagonista de una de sus entregas. El programa, como todo, tuvo sus momentos. Comenzó, en mi opinión, no con muy buen pie, con un coloquio con sus amigas escritoras (todas ellas grandes narradoras, a excepción de Silvia Grijalba, que no me gusta tanto) acerca de la condición de la mujer. Lucía había preparado un programa protagonizado exclusivamente por mujeres (nada que objetar), y era un buen punto de partida, pero creo que resultó demasiado farragoso. En mi opinión, faltaba la mano de un periodista que cortara algunas de las partes en las que parecía estar asistiendo a una reunión de amigas que hablan de la vida en general. Siguió con una entrevista a una mujer negra que había pasado por una terrible situación personal: buen tema, estupenda entrevistada, pero de nuevo se echó de menos a un periodista que hiciera las preguntas que había que hacer. Dos monólogos, de las maravillosas Silvias (Abascal y Marsó), escritos por la propia Lucía, demostrando que, cuando se pone, sabe redactar páginas realmente brillantes (mejor Silvia Abascal, aunque la venganza de la Marsó fue realmente deliciosa, más por su interpretación que por el texto).
La segunda parte del programa fue infinitamente más interesante. Las entrevistas a Ana María Matute y Chenoa fueron interesantísimas, y ahí Lucía demostró lo que podría llegar a hacer si se tomara las cosas más en serio. Estas dos entrevistas me tuvieron pegado a la pantalla de la televisión hasta que, a la 1 de la madrugada, me acordé de que tenía que madrugar hoy y me fui a la cama con una agridulce sensación: qué mal escribe, pero qué divertida es.
“Chica, tú vales mucho”, le dijo Santiago Tabernero a Lucía cuando estaba preparando el programa. Y es cierto: Lucía Etxebarría vale mucho, pero todavía no sé para qué.
You Are My Sister

Las calles de la ciudad definitiva están casi vacías a estas horas de la noche. Si se tiene suerte, a veces puede verse un perro vagabundo, un mendigo bebiendo interminables tragos de un tetrabrik de vino barato o una mujer sospechosamente emperifollada buscando un taxi que la rescate de la impudicia de las tinieblas neoyorquinas. Ha sido un día caluroso, pero por la tarde ha corrido una brisa casi salvadora que ha dejado, al anochecer, un olor de ozono y de otoño en las avenidas y los callejones. Por ello, Lucy ha decidido salir de su apartamento para dar un paseo, no más de unas manzanas, pero lo suficiente para reencontrarse con el mundo que más ama y que, tal vez demasiado pronto, tenga que abandonar para siempre.
Lucy ama la vida por encima de todas las cosas, la ama del modo en que lo hacen las personas que saben que no van a poder disfrutarla por mucho tiempo, y ese amor tiene esta noche la forma de una brisa purificadora y fresca que redime los contenedores de basura y los humos de los restaurantes de comida rápida. Como Clarissa Dalloway al abandonar su casa aquella mañana, se pregunta cómo es posible que la amemos tanto, la vida. Y sólo se le ocurre una respuesta: de vez en cuando, los dioses que rigen las coordenadas del mundo moderno juegan a los dados con las almas y, en ocasiones, alguien es designado para apreciar la vida con los ojos de la despedida. Por un momento, Lucy está tentada de considerarse afortunada, pero pronto recuerda su enfermedad, su dolor y sus noches llorando, y piensa que no, que es un ejemplo más de la tragedia humana, pero que eso no impide que disfrute tanto con este paseo.
Lucy no camina sin rumbo fijo. Después de cruzar algunas calles y enfilar callejones casi sin luz, llega al lugar: una pequeña puerta que se abre cuando ella la empuja suavemente y que da paso a un pasillo cuyas paredes están cubiertas con espejos. Lucy se mira en uno de ellos, y el cristal le devuelve la imagen de una mujer delgada, maquillada y con un pañuelo en la cabeza que no acaba de disimular los efectos de la quimioterapia. Se sonríe en la penumbra, y en su sonrisa hay miedo, amargura, pero, sobre todo, una irrefrenable pasión por la vida, por esta noche, por este momento en el que empieza a escuchar la música que suena al otro lado de una puerta situada en el extremo del pasillo, y el sonido hace que se estremezca.
Cuando abre la puerta, Lucy tiene que reprimir un ataque de tos ante la nube de humo que se filtra hasta sus pulmones. El sonido es ya más alto: un piano arranca de sus cuerdas unos acordes que Lucy conoce de memoria. Al fondo de la sala, un pequeño círculo reúne a un puñado de músicos en torno a los cuales personas de todo tipo escuchan sentados en mesitas. No hay mucha gente, pero es la misma de siempre y, al igual que Lucy, todos ellos parecen conocer las notas de memoria. Son unos acordes lentos y leves que anteceden a lo que, en realidad, todos están esperando: de la oscuridad del fondo de la sala emerge una figura pálida y enorme que se acerca lentamente al micrófono que preside la pequeña orquesta. Cuando empieza a cantar, los asistentes contienen la respiración. Y Antony canta el dolor, la decepción y, sobre todo, las esperanzas de los miembros de su auditorio. Su voz sube y baja, chapotea, gorgea, se enrosca en los corazones de los asistentes, y Lucy siente que algo acaba de cambiar. El dolor ya no es dolor, sino una canción que, en la voz de Antony, encierra toda la belleza y la tragedia del alma humana.
Este pequeño relato es mi particular homenaje a Antony And The Johnsons, uno de mis grupos favoritos. Aparte de la prodigiosa voz de Antony, probablemente el sonido más emocionante que he escuchado en años, cualquiera de sus dos álbumes es una obra maestra de la música y la poesía contemporánea. Sus canciones parecen sacadas de un mundo apocalíptico en el que lo único que puede salvar al hombre es el amor y los buenos sentimientos. Quizás, por eso, son tan necesarios en momentos como éstos.
Imagen: portada de "I'm a bird now", último disco de Antony and the Johnsons. La chica de la fotografía es Candy Darling, la supermodelo de las fotos y películas de Andy Warhol, fotografiada en la cama del hospital en el que moriría días después.
V
(Continuación)
Conocer Chueca en verano era, en aquella época (hace cinco años, no hace tanto), una experiencia única para un joven gay de dieciocho años como yo. Ni entonces ni ahora he sido muy amigo del “ambiente” (el momento en el que acaba la libertad y empieza la autosegregación siempre me ha parecido una delgada y peligrosa línea), pero entrar en aquel remanso de modernidad, relajación y miradas nuevas fue para mí algo inolvidable. Todavía sigo creyendo que Chueca tiene algo distinto al resto de la ciudad: sentarse en la plaza una tarde de verano es, aparte de una especie de cruising que puede llegar a resultar algo agobiante, un acercamiento a la vida que, con frecuencia, desaparece en una ciudad tan cosmopolita como Madrid. Chueca es un pueblo, y, como tal, puede resultar acogedor y amenazante a la vez. Durante aquel verano aprendí, por primera vez, el peligro de mantener una mirada curiosa más tiempo del necesario, y también aprendí que los homosexuales tenemos muy pocas cosas en común, y que es un error pensar que una persona, por compartir tu orientación homosexual, vaya a tener contigo más cosas en común que una inlcinación erótica que, en ocasiones, puede estar a años luz de la tuya.
Para mí, Nacho era todo un mundo por descubrir. Por primera vez, yo hablaba de mis sentimientos con una persona que, pensaba yo, podía comprenderme. Por otro lado, él tenía más experiencia que yo (un par de relaciones frustradas) y, para mí, él era un pozo de sabiduría y de conocimientos acerca de un mundo que me parecía tan atractivo como peligroso. Durante algunas semanas nos vimos varias veces. Nuestros encuentros consistían en quedar por la tarde, tomar una fanta en algún café y charlar hasta que nos daba la hora de despedirnos. Cara a cara, nuestras conversaciones eran de muchos tipos; hablábamos de viajes, de libros que yo había leído, de música, de gente que conocíamos y, sobre todo, de nuestra conflictiva relación con los chicos. Sin embargo, cuando nos despedíamos, yo empezaba a recibir un sinfín de mensajes en el móvil en los que me decía que yo era alguien muy especial, que nunca había conocido a alguien como yo... Yo le respondía, a veces con cautela, otras veces con más pasión. Luego, cuando nos veíamos en persona, todo cambiaba: una conversación agradable, cercana, pero nada más. Ni una palabra de sentimientos.
En realidad, yo no estaba seguro de que me gustase. Era guapo, muy guapo, de hecho, todas mis amigas habrían quedado conquistadas si se lo hubiera presentado, pero a mí no acababa de entusiasmarme. Creo que fallaba algo, probablemente su falta de expresividad. A veces, tenía la impresión de que se aburría conmigo. Otras, de que estaba cansado, o distraído, o pensando en otra cosa. Cuando le veía venir, con su camiseta sin mangas, su pelo engominado y su sonrisa impoluta, a veces me sorprendía pensando “¿es esto lo que quiero?”
IV
Siempre hay un verano que se recuerda de forma especial. Ese verano, que marca el final de la adolescencia y el inicio de no se sabe muy bien qué, fue para mí el de mis 18 años. Acabaron, por fin, los exámenes y la selectividad. En ese verano de estancia forzada en Madrid (había que hacer matrículas, preinscripciones...) les hablé a mis amigos de mi homosexualidad y apareció en mi vida el primer "nombre importante" de aquel verano.
Las tardes, el calor y la ADSL recién instalada provocaron que pasara ratos infinitos conectado a internet. Entré por primera vez en un chat, pero no apareció nada digno de mención. Sin embargo, un día, abrí el messenger y allí estaba él. Ni él ni yo recordábamos habernos agregado y, sin embargo, coincidíamos en bastantes cosas: ciudad, edad, orientación sexual. De momento, era suficiente para creer en señales divinas, en el destino y en todas esas cosas. Así que decidimos conocernos. Recuerdo pocos momentos tan cardiacos para mí. Era, oficialmente, el principio de algo, con un escenario que entonces me pareció un mundo aparte: la plaza de Chueca. Le esperé al pie de las escaleras del metro durante al menos media hora. Al final, apareció él, nervioso, inseguro y, según me pareció entonces, aceptablemente guapo. Hablamos sin parar durante toda la tarde, en un local que, con su desaparición, pasaría a ocupar un puesto casi mitológico dentro del imaginario chuequil: La Sastrería. Aunque, ahora que lo pienso, ésa fue nuestra primera intención. Pero, para variar, estaba lleno de gente, así que fuimos a BAires, una esquina más abajo.
Dos patitos (II)
(Continuación del texto anterior)
El año anterior me había mudado de Alcorcón a Madrid, y me las cosas comenzaban a ser algo más difíciles. Ya no podía bajar las escaleras y encontrarme a mis amigos. Aunque pronto conocí gente en mi nueva casa, durante una época anduve algo desorientado, y supongo que a él le pasaba lo mismo. Su caso era bastante parecido al mío. De hecho, curiosamente, él acababa de mudarse a Alcorcón desde la zona de Madrid en la que yo vivía ahora. Por ello, compartíamos lugares, incluso conocidos y, supongo que por eso yo fui el primer amigo que él tuvo al llegar al colegio. Y, en realidad, también él fue mi primer amigo. Que no crea nadie que había algo más que amistad; hasta un año después, yo no descubriría mis homosexualidad y, por entonces, el sexo era algo lejano y casi inexistente para mí.
Lo cierto es que éramos muy distintos. Él era más corpulento, más enérgico y menos reflexivo que yo. Pero ambos comenzábamos esa etapa de la vida en la que la conversación pasa a ser un factor importante a la hora de elegir a tus amigos, y la verdad es que nos llevábamos muy bien. En aquella época ambos empezamos a descubrir la música, y a ambos nos apasionaban los cd's: esas piezas tecnológicamente perfectas, que convertían cada canción en una obra de ingeniería musical de sonido impoluto y que te permitían pasar de canción sin tener que rebobinar una y otra vez la cinta... Recuerdo cuando le regalaron su primer reproductor de cd. Algunas tardes, después de clase, iba a su casa y jugábamos al ordenador mientras escuchábamos discos de Pedro Guerra. Y los dos pensábamos sin mencionarlo que aquello sólo duraría un año.
No todo era amistad. Recuerdo que, en una ocasión, se burló de mí delante de algunos compañeros. Luego me dijo que lo había hecho no porque lo creyera de verdad, sino para caerles bien. No supe cómo reaccionar, así que todo siguió como siempre.
Acabó el curso, él se fue al instituto público y yo me cambié a un colegio concertado cerca de mi casa. De todos modos, como no tenía plaza fija, me matriculé en el instituto también. El día de la matrícula fue él último que le vi. Al curso siguiente, me escribió una carta. La guardo todavía, escrita en bolígrafo azul claro y llena de descripciones irónicas de sus nuevos profesores. Le contesté, pero no volvió a escribirme.
No volví a verle. Un día mi madre, que por entonces daba clase a su hermano pequeño, me contó que, desde su entrada en el instituto, Víctor había cambiado mucho. Siempre estaba deprimido y, de vez en cuando, le daban una especie de ataques de nervios que le dejaban fatal. Su madre, que habló con la mía, le dijo que me echaba mucho de menos, y que no me escribía por eso. No he vuelto a saber de él.